
En cierta ocasión, en un pasaje de París, se encontraron un gato y una bolsa.
Un caminante pasó por ahí y vislumbró la posibilidad de patear al gato y tirar la bolsa, pero en vez de hacer eso, se quedo mirando el espectáculo.
El aire era húmedo y frío, pero eso no impedía que el gato con sus pequeñas garras rompiera con especial atención la bolsa de plástico.
La llovizna fastidiosamente comenzó a humedecer el rostro de aquel viejo caminante, pero un magnetismo impedía que se moviera... había algo que le decía que debía permanecer ahí.
El gato, cansado de luchar con una bolsa ya rota, decidió prestarle atención al camino... y comenzó a marchar.
El viejo, casi sorprendido, decidió seguir al maloliente felino, rengueando pero ayudado por un bastón.
El viento soplaba cada vez más fuerte, y lo que antes era una llovizna, se transformó en una impecable tormenta.
El gato paró frente a una pequeña tienda de chucherías, y una jovial anciana salió al encuentro.
Fue un interminable segundo donde las miradas se cruzaron, la vieja sólo atinó a sonreírle a aquel hombre y a acomodarse el delantal.
El viejo, lo supo enseguida, que llegó al final de su camino y que no daría marcha atrás.
-Mademoiselle Ruperta -le dijo él, creyendo que el encuentro con un amor nunca olvidado era su destino.
La anciana no vaciló ni un instante, con voz firme pero sin perder la sonrisa, le contestó:
-Marcel... au revoir!
Se dio vuelta y cerró la puerta.Al viejo, que parecía mas envejecido, se le escapó una lagrima y, ayudado con su bastón, volvió rengueando hasta el principio del pasaje.
Un caminante pasó por ahí y vislumbró la posibilidad de patear al gato y tirar la bolsa, pero en vez de hacer eso, se quedo mirando el espectáculo.
El aire era húmedo y frío, pero eso no impedía que el gato con sus pequeñas garras rompiera con especial atención la bolsa de plástico.
La llovizna fastidiosamente comenzó a humedecer el rostro de aquel viejo caminante, pero un magnetismo impedía que se moviera... había algo que le decía que debía permanecer ahí.
El gato, cansado de luchar con una bolsa ya rota, decidió prestarle atención al camino... y comenzó a marchar.
El viejo, casi sorprendido, decidió seguir al maloliente felino, rengueando pero ayudado por un bastón.
El viento soplaba cada vez más fuerte, y lo que antes era una llovizna, se transformó en una impecable tormenta.
El gato paró frente a una pequeña tienda de chucherías, y una jovial anciana salió al encuentro.
Fue un interminable segundo donde las miradas se cruzaron, la vieja sólo atinó a sonreírle a aquel hombre y a acomodarse el delantal.
El viejo, lo supo enseguida, que llegó al final de su camino y que no daría marcha atrás.
-Mademoiselle Ruperta -le dijo él, creyendo que el encuentro con un amor nunca olvidado era su destino.
La anciana no vaciló ni un instante, con voz firme pero sin perder la sonrisa, le contestó:
-Marcel... au revoir!
Se dio vuelta y cerró la puerta.Al viejo, que parecía mas envejecido, se le escapó una lagrima y, ayudado con su bastón, volvió rengueando hasta el principio del pasaje.
