
Hoy, desperté y sentí esa melancolía de la que no me puedo despegar.
Recordé a mis amigas de la juventud, el olor de la cocina de mi abuela –eterna confidente de mis dudas y amores-, a los besos a escondidas en los bailes del pueblo; las manos de mi madre con cada arruga que marcaba sus pesares... y más que nada, recuerdo la bondad en los ojos de mi padre.
Siento cómo mi juventud, hoy, me da la espalda... lo veo en el espejo.
Vislumbro esa nuca perfecta en su geometría y ese perfil de niña virginal; pero, si observo más detenidamente, no entiendo porque me inspira tristeza esa muchacha... ¿Será por mi viejo rostro desaliñado de vieja bruja del bosque? ¿Asustará mi vejez a la niña que fui?
Quizás ella no entienda que no es el paso del tiempo que surcó mi cara... sino las tempestades que me hizo pasar mi belleza... ¡Deliraban con ese cuello que el recuerdo me hace presente! Enloquecían hasta que se convertían en bestias indomables y violentas.
Recuerdo a un hombre parado detrás del árbol que estaba frente a mi casa. Inocentemente yo me preguntaba qué era lo que estaba esperando... y el día que encontré la respuesta ya era muy tarde; me había dado cuenta que era a mí, a mi juventud. Todavía siento su sudor, su jadeo, su lengua, su sexo, su lujuria y el asco que me producía esa batalla... Fue el principio de mi decadencia, pero siempre -como decía mi abuela-, se encuentra luz al final de los caminos.
Ella, la vieja sabia de mi familia, la madre de las madres, mi abuela, fue la que me rescató... algunos llamaban brujería lo que ella realizó y, lamentablemente, era mayoría los que volcaban esa opinión.
Mi memoria hace presente el momento en que no tuve más dolor, porque esto requería un sacrificio muy grande... “A la diosa hay que darle ofrendas y ella cumple”, recalcaba mi abuela.
Y ofrecí aquello que más me distinguía y a la vez lo que más me condenaba... mi belleza... y allí, querida niña, comenzaste a convertirte en lo que hoy sos...
Dolor ya no tienes... y si miras detenidamente el reflejo que te da el espejo, verás la frente de la vieja que hoy te habla y el perfil de la niña que dejarás de ser, y comprenderás que somos la misma esencia, el mismo ser.
Es como si le hablara a una extraña. Ese reflejo me sigue dando la espalda. Mejor me vuelvo a acostar, sino la enfermera, loca me creerá, es que con esas pastillas ya ni puedo deambular. Esa niña del espejo no tuvo opción, en este loquero me encerró. Me voy a hacer la dormida, así nadie me empastilla.
Recordé a mis amigas de la juventud, el olor de la cocina de mi abuela –eterna confidente de mis dudas y amores-, a los besos a escondidas en los bailes del pueblo; las manos de mi madre con cada arruga que marcaba sus pesares... y más que nada, recuerdo la bondad en los ojos de mi padre.
Siento cómo mi juventud, hoy, me da la espalda... lo veo en el espejo.
Vislumbro esa nuca perfecta en su geometría y ese perfil de niña virginal; pero, si observo más detenidamente, no entiendo porque me inspira tristeza esa muchacha... ¿Será por mi viejo rostro desaliñado de vieja bruja del bosque? ¿Asustará mi vejez a la niña que fui?
Quizás ella no entienda que no es el paso del tiempo que surcó mi cara... sino las tempestades que me hizo pasar mi belleza... ¡Deliraban con ese cuello que el recuerdo me hace presente! Enloquecían hasta que se convertían en bestias indomables y violentas.
Recuerdo a un hombre parado detrás del árbol que estaba frente a mi casa. Inocentemente yo me preguntaba qué era lo que estaba esperando... y el día que encontré la respuesta ya era muy tarde; me había dado cuenta que era a mí, a mi juventud. Todavía siento su sudor, su jadeo, su lengua, su sexo, su lujuria y el asco que me producía esa batalla... Fue el principio de mi decadencia, pero siempre -como decía mi abuela-, se encuentra luz al final de los caminos.
Ella, la vieja sabia de mi familia, la madre de las madres, mi abuela, fue la que me rescató... algunos llamaban brujería lo que ella realizó y, lamentablemente, era mayoría los que volcaban esa opinión.
Mi memoria hace presente el momento en que no tuve más dolor, porque esto requería un sacrificio muy grande... “A la diosa hay que darle ofrendas y ella cumple”, recalcaba mi abuela.
Y ofrecí aquello que más me distinguía y a la vez lo que más me condenaba... mi belleza... y allí, querida niña, comenzaste a convertirte en lo que hoy sos...
Dolor ya no tienes... y si miras detenidamente el reflejo que te da el espejo, verás la frente de la vieja que hoy te habla y el perfil de la niña que dejarás de ser, y comprenderás que somos la misma esencia, el mismo ser.
Es como si le hablara a una extraña. Ese reflejo me sigue dando la espalda. Mejor me vuelvo a acostar, sino la enfermera, loca me creerá, es que con esas pastillas ya ni puedo deambular. Esa niña del espejo no tuvo opción, en este loquero me encerró. Me voy a hacer la dormida, así nadie me empastilla.

4 comentarios:
buenisimo...un relato hermoso. esta vez se paso! y ese final...muy bueno. siga siga! q este lector le va a ser fiel. saludos mauresianos!!
No creo que la pastilla sea un terco a la Maryland! Jamás te he copiado un post de mi blog a tu blog. Pero lo tuyo es culto!
Felicitaciones!
excelente post.siga para adelante
en el Isec te extraño, no sabes cuanta tela hay para cortar...
Al pan pan y al vino vino: el vínculo a nuestro post está MAL. Te lo digo con todo el cariño del planeta e incluso con cariño que hay en Europa, una de las lunas de júpiter o marte.
Es nuatsi y no NUASTI como has escribido.
Te perdonamos, pero no mucho.
Suave con el mate y cigarros a altas horas.
Publicar un comentario